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Últimamente escucho que es mi revolución interior la que me salvará (y a ti la tuya), y que estoy en fase de revolución cívica, y que me esperan en el proyecto que nos une. Y casi me lo creo.
Según como se vea es una cita a ciegas, muy new age y poco materialista, en sentido histórico, pero con flores. A mi lo que más idealista me pone es asentarme de lleno en la materia, y creo mucho en la revolución local mundial y sobre todo en la de Ylenia, que ya tiene un portátil.
Sin embargo ayer me levanté lamentando mi falta de iniciativa liberal, porque lo que yo tenía que haber hecho hace tiempo es montar un invernadero de rosas para vendérselas al PSOE en su presentación de candidatos. A nivel nacional. Bueno, con hacerlo a nivel insular ya me valía. Por pura curiosidad me puse a investigar.
Resulta que los mayores productores de rosas de invernadero están en Asia, África y Latinoamérica. Más o menos donde poco se come. En México, Villa Guerrero ya es zona de cultivo masivo considerada de catástrofe ecológica. En Ecuador las poblaciones locales se han organizado en torno al hecho de que la industria florícola atenta contra la soberanía alimentaria del país.
El motivo es que cultivar rosas es muy contaminante, y en general los gobiernos corruptos no ponen reparos a usar en su territorio pesticidas y plaguicidas que ni en Europa ni en EEUU se admiten, aunque las empresas que las cultivan son europeas y norteamericanas. Nada nuevo. Algunos contaminantes son las piretrinas y los piretroides, que no son los candidatos sino unos químicos muy chungos para el resto de los seres vivos y para los acuíferos.
El Parlamento Europeo ha reconocido que la floricultura en los Países Bajos es un sector altamente contaminante. Y es que los holandeses, que tienen mucha tradición, también incentivan a las rosas en su crecimiento con CO2. Parece ser que si las asfixias crecen más rápido. Para generar CO2 en verano y no usar subproductos de la calefacción es habitual quemar gas en el mismo invernadero, y la atmósfera que la salven otros. Pero es un sector muy subvencionado.
En toda esta industria de cultivo transgénico de rosas, lo que importa realmente es el color y la vida de florero, que es como se llama. Si yo cultivara rosas de invernadero, o las comprara masivamente, ya no podría hacer una revolución cívica sostenible y ser creíble, por la cosa de la coherencia y los pequeños detalles.
No te comas la rosa, eso es lo más importante. El amour y su glamour, como dice mi amiga Begoña, no permite en este caso innovar en lo culinario aderezando las carnes con pétalos rojos. Verla sí, pero no interiorizarla. Como mínimo ponerla en remojo y cuarentena.
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